Quejarse de los impuestos no es incompatible con ser funcionario ni con defender lo público. Los impuestos están para sostener sanidad, educación y servicios básicos, y eso casi todos lo tenemos claro. El problema aparece cuando cada año se paga más y, sin embargo, los servicios funcionan peor o no mejoran. La queja no va contra el sistema, sino contra la gestión. Si el esfuerzo fiscal aumenta pero se diluye en gastos poco claros, estructuras ineficientes o decisiones discutibles, es normal que el ciudadano (sea funcionario o no) se sienta frustrado. Pagar impuestos no obliga a aplaudirlo todo ni a callar. Deflactar el IRPF, eliminar...
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Quejarse de los impuestos no es incompatible con ser funcionario ni con defender lo público. Los impuestos están para sostener sanidad, educación y servicios básicos, y eso casi todos lo tenemos claro. El problema aparece cuando cada año se paga más y, sin embargo, los servicios funcionan peor o no mejoran. La queja no va contra el sistema, sino contra la gestión. Si el esfuerzo fiscal aumenta pero se diluye en gastos poco claros, estructuras ineficientes o decisiones discutibles, es normal que el ciudadano (sea funcionario o no) se sienta frustrado. Pagar impuestos no obliga a aplaudirlo todo ni a callar. Deflactar el IRPF, eliminar gastos superfluos y priorizar lo esencial tendría un efecto real en el bolsillo y en la calidad de los servicios, sin necesidad de seguir subiendo la presión fiscal. Pedir eso no es egoísmo: es sentido común.